¿Por qué no debemos castigar a los niños?

A mediados del siglo pasado, era común que se le castigara a un niño poniéndole orejas de burro, en un rincón viendo hacia a la pared. Por suerte, esto ha cambiado y todos sabemos que era una actitud violenta contra el niño y con pocos resultados favorables hacia la integridad del niño.

Sin embargo, hoy en día nos encontramos con otras ideas, en donde afortunadamente la forma cambió, pero la filosofía, sigue siendo parecida…Poner a “pensar” a un niño en una silla durante tantos minutos como años tiene, llevarlo al aula de niños más pequeños, no dejarlo salir a jugar al patio, no llevarlo al parque por no terminarse la comida o no llevarle al cumpleaños de su amigo por pelear con sus hermanos, son estrategias que lejos de motivar al niño y mejorar su comportamiento, harán que el vínculo entre el adulto y el niño se deteriore, generará resentimiento y probablemente violencia.

El castigo suele presentarse como recurso ante una mala gestión emocional del adulto, que lo lleva a entrar en una lucha de poder al querer controlar la conducta que está teniendo el niño. Cuando llega a tener resultados inmediatos, es solamente por miedo y no por generar una reflexión. El fomentar que los niños nos tengan miedo, hará que la relación con ellos sea distante y desconfiada.

Cuando tenemos como prioridad el mantener una buena conexión y vínculo con los niños, las cosas suelen fluir mejor, los niños escucharán poniendo más atención y querrán colaborar más en lo que se les pide.

¿Qué podemos hacer en vez de castigar?

Se pueden llevar a cabo una serie de estrategias en el día a día que ayudarán a mejorar el comportamiento de los niños:

  • Validar las emociones: Cuando los niños se sienten escuchados y comprendidos en sus emociones, el vínculo y la conexión se fortalece. Esto los hace más receptivos a las necesidades de los demás.
  • Dejar de buscar la obediencia, pues ésta se relaciona en todo momento con sumisión. Buscar la escucha y la colaboración en las cosas que hacemos los hará tener un sentido de pertenencia.
  • Dejar de buscar la obediencia, pues ésta se relaciona en todo momento con sumisión. Buscar la escucha y la colaboración en las cosas que hacemos los hará tener un sentido de pertenencia.
  • Ser empáticos: Entender que hay cosas que para nosotros tal vez no tengan tanta importancia, pero que para los niños en ese momento si lo son y por ende darle la importancia que merece.
  • Tener las reglas y los límites claros, es básico y muchas veces se cree que una educación en la que no se castiga, significa que no haya ningún límite, pero no debe de ser así. Los límites deben ser siempre puestos con firmeza y amabilidad.
  • Todos nos equivocamos, por lo tanto si tuviste un error o reaccionaste de una forma que no hubieras querido, será fundamental pedirle perdón al niño, este será el inicio para que él también aprenda a pedir perdón.

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